jueves, 7 de julio de 2011

Brasilia, un sueño que revive


Cuenta la leyenda que Brasilia es la concepción del sueño de un santo del siglo XIX, la visión de una ciudad futurista en el centro del país que se convertiría en el corazón y el alma de Brasil. Pero no lo fue hasta 1956 que Juscelino Kubitschek, un nuevo presidente elegido democráticamente, decidió hacer realidad el sueño del santo. Poco después de asumir el cargo, Kubitschek ordenó la creación de una nueva capital en la planicie de Goiás, en un gesto físico y simbólico para escapar del pasado colonial y militar de Brasil, y para plasmar un nuevo espíritu de urbanismo, cultura y democracia.

Para crear los edificios de esta nueva ciudad mágica, Kubitschek acudió a un arquitecto maestro de Brasil, Oscar Niemeyer, protegido de Le Corbusier y arquitecto principal de la sede de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York. Trabajando a un ritmo febril, el arquitecto diseñó una complicada serie de palacios de ensueño y edificios públicos apostados a lo largo de un ancho bulevar central. Con la ayuda de 30.000 trabajadores con pico y pala día y noche, las torres y cúpulas surgidas de la imaginación de Niemeyer se hicieron realidad en tan solo cuatro años.

A diferencia de las cajas de Bauhaus, muy populares en ese tiempo, los edificios de Niemeyer eran líricos y fluidos, inspirados en las playas y las mujeres de su ciudad natal, Rio de Janeiro. "No es
el ángulo recto lo que me atrae", escribió el arquitecto, "ni la línea recta, dura e inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual que encuentro en las montañas de mi país, en el sinuoso curso de sus ríos, en el cuerpo de la mujer amada

Las fantásticas creaciones de Niemeyer incluyen una catedral con la forma de la corona de espinas de Cristo, el altísimo complejo del Congreso Nacional, con cúpulas invertidas, y tres palacios construidos para albergar a la Corte Suprema; la residencia oficial del presidente, el Palacio de la Alvorada, y la oficina presidencial, el Palacio de Planalto. De sus palaciegas columnas parabólicas, Niemeyer dijo: "Los palacios si apenas parecen tocar el suelo. Quería que flotaran en el cielo de la meseta".

El Planalto y el Alvorada se llenaron de sillas, sofás, espejos y mesas esquineras diseñadas por el propio arquitecto, y reconocidos diseñadores de muebles también contribuyeron con sus trabajos. Casi todos los muebles, como las paredes y los pisos con paneles de madera, fueron elaborados a partir del jacarandá, una madera indígena de Brasil muy valorada por la riqueza de su tono y textura sorprendente. A su vez, llegaron desde Europa algunos clásicos de Bauhaus y sillas y mesas diseñadas por artistas estadounidenses, lo que proporcionaba a la ciudad del futuro un aire internacional.
Años grises


Los años dorados de Brasil no duraron mucho. El presidente Kubitschek había prometido "50 años de progreso en cinco", pero sus críticos lo acusaron de conseguir "la inflación de 50 años en cinco". Los monumentales diseños de Niemeyer y la acelerada construcción de la nueva capital cargaron al país con décadas de deuda. Cuatro años después de la gran inauguración de Brasilia, los militares tomaron una vez más el poder. La oficina de Niemeyer, destacado miembro del Partido Comunista, fue allanada por soldados, y la sede de la revista donde él trabajaba fue destruida. El arquitecto huyó a París, donde pasó gran parte de las siguientes dos décadas. Como una amarga ironía, la arquitectura que él dejó atrás adoptó la reputación fascista de los nuevos gobernantes, un carácter diametralmente opuesto a las intenciones humanistas de su creador.

Brasil volvió a sumirse otra vez en la oscura era de la dictadura militar, que duró dos décadas. La negligencia y el hurto golpearon con más fuerza los elegantes palacios contemporáneos de Niemeyer que los elementos. La mayor parte del daño fue hecha por el régimen militar, que se deshizo de muebles por razones ideológicas, negándose a sentarse en las sillas diseñadas por comunistas como Niemeyer y sus amigos de izquierda. "Fue una época oscura para todo lo que estaba relacionado con las artes", recuerda el más famoso diseñador de muebles de Brasil, Sérgio Rodrigues, un jovial octogenario. "Ellos no tenían el menor interés en la cultura".

Los muebles fueron sacados por las puertas traseras de los palacios de Niemeyer y puestos en manos de ansiosos coleccionistas de Brasilia, São Paulo y Rio de Janeiro. Una cadena de comerciantes de muebles de segunda mano extendida de Brasilia a Nueva York construyó pequeñas fortunas a partir del "rescate" de las joyas de jacarandá que habían sido arrojadas a la basura por políticos brasileños y sus esposas. "El régimen no entendía nada de diseño", se lamenta Rodrigues. "No se dieron cuenta de lo que tenían. Lo subestimaron todo".

Los generales reemplazaron las obras maestras de jacarandá con muebles que eran más "de burdel que de palacio", comenta Cláudio Soares Rocha, director del departamento de documentación histórica del Planalto y que en la actualidad dirige un grupo de personas que tiene la misión de devolverles a los palacios presidenciales su antigua gloria.

El despertar del tigre

Sólo después de reestablecerse la democracia, en 1985, el talento regresó del extranjero para comenzar la tarea de reparación del país, económica, cultural y psicológicamente. En la actualidad, sentado sobre unos 123.000 millones de barriles de petróleo, Brasil se apresta a convertirse en la quinta economía más grande del mundo para el momento en que acoja los Juegos Olímpicos de 2016. Desestimado por décadas como a un tigre dormido, la B de los BRIC, el grupo de países en desarrollo, ayuda hoy en día a rescatar a la economía mundial de la recesión y la reimaginada capital de Brasil promete estar a la altura de su promesa de una utopía moderna.

La elección en octubre pasado, de la primera mujer presidente de Brasil, Dilma Rousseff, hija de un inmigrante búlgaro y una maestra de escuela de Rio de Janeiro, fue anunciada a todo el mundo como un gran paso en la restauración de los ideales democráticos de Brasil. Ex guerrillera, torturada por el régimen militar y encarcelada en 1970 por casi tres años, Rousseff llegó a ser jefa de gabinete del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, ayudándolo a poner en marcha la aletargada economía del país. Con la promesa de continuar con esas políticas fue capaz de superar a su rival en una segunda vuelta electoral.

"Es muy sintomático", dice Fernando Pimentel, ministro de Desarrollo, Comercio e Industria, un hombre que conoce a Rousseff de los tiempos que compartieron en el movimiento guerrillero, combatiendo a la dictadura militar. "Una mujer con historia de lucha que fue perseguida políticamente hasta alcanzar la presidencia. Es fantástico, uno de esos regalos que sólo la democracia puede dar".

La restauración de la Brasilia de Niemeyer comenzó en 2004 con la reforma del Alvorada, por 18,4 millones de reales brasileños (unos US$6,4 millones al cambio actual), completada dos años más tarde. Situado cerca del lago artificial Paranoá, el palacio residencial de casi siete mil metros cuadrados de Niemeyer es una reflectante obra maestra de mármol, cristal y agua. La elegancia de las columnas de mármol, inspiradas en las velas de los barcos de pesca del noreste de Brasil, roban atención a las pinturas atesoradas dentro del palacio, de artistas como João Cândido Portinari y Emiliano di Cavalcanti y esculturas de Maria Martins y Alfredo Ceschiatti, junto con dos paneles de azulejos relucientes montados en la pared por Athos Bulcão.

'Brasilidad' al máximo

Pero Alvorada fue sólo un preludio al más ambicioso plan para la recuperación de la antigua gloria del Palacio de Planalto, la sede principal del poder brasileño. La llegada de Rousseff a la oficina presidencial, en enero de este año, coincidió perfectamente con el final de las renovaciones del Planalto.

"Desde el primer momento decidimos asegurarnos de que los muebles que se utilizaran serían lo más parecidos posible al mobiliario original de la época", afirma Rocha. "Sabíamos que queríamos afirmarnos en la 'brasilidad' del palacio".

En el mundo de los muebles, no hay nada más brasileño que Sérgio Rodrigues, el abuelo del diseño de muebles de Brasil. Su famoso sillón hecho con madera de jacarandá y suavizado con solapas de cuero sobre sus brazos ha sido copiado en todo el mundo. Con más de 1.500 creaciones de su autoría en los últimos 60 años, Rodrigues disfruta de una reputación entre los diseñadores de interiores que equivale a la de Niemeyer entre los arquitectos. Juntar a dos íconos en el Palacio de Planalto resultó una unión inspirada.

Por desgracia para el equipo de Rocha, un gran número de coleccionistas de todo el mundo ya disfrutaba de la comodidad de las piezas de Rodrigues, producidas originalmente para Brasilia, a principios de la década de 1960. La magnitud del problema quedó de manifiesto cuando Rocha buscaba piezas originales en otros edificios municipales del distrito federal. En el edificio más preciado de la ciudad, el Palacio Itamaraty, una versión de palacio renacentista de Niemeyer, cientos de funcionarios y trabajadores solían sentarse sobre una creación de Rodrigues, una Kiko, una silla con ruedas, tallada en madera de jacarandá y cubierta de suntuoso cuero negro. Cuando Rocha visitó el lugar para ver cuántos diseños de 1964 quedaban, sólo encontró dos y apenas uno de ellos en condiciones de uso. En las tiendas de diseño, las sillas Kiko se vendían a 16.000 reales (US$10.000), y aún más en Nueva York.

Rocha espera haber detenido la hemorragia del patrimonio mobiliario de Brasilia. Su equipo rescató más de 500 piezas maltrechas que iban a ser subastadas en el Congreso y las guardó en un garaje detrás de Planalto. Encontró sofás Beto y Navona diseñados por Rodrigues en 1958 y 1960. Cuando no había originales, el equipo de Rocha encomendaba nuevas piezas a Rodrigues y Niemeyer, que a sus 103 años sigue trabajando en diseños para la ciudad. Se encargaron casi 500 nuevas versiones de sillas Kiko (a unos US$2.120 cada una) para las salas de reuniones y oficinas de Planalto. Casi 100 rodean una mesa de Niemeyer a la que se sientan los 39 ministros de Rousseff y sus asesores.

Con un equipo de restauración liderado por Marcos Vieira, Rocha inició la remodelación de las mejores piezas de Planalto y otros ministerios. La tarea de Vieira es entrenar a adolescentes marginados y dotarlos de las habilidades necesarias para forjarse una carrera en la rama de la restauración.

El mobiliario y el diseño interior puede no ser el enfoque de los programas social y económico de Rousseff, pero las sillas donde ella y sus invitados se sientan hablan mucho de la identidad brasileña y del rumbo del país. A Rocha le emociona que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama; el presidente alemán, Christian Wulff, y el primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt, se hayan sentado en las sillas de Rodrigues en sus reuniones con Roussef. Antes de un concierto en la ciudad, la colombiana Shakira se sentó en un sofá restaurado de Rodrigues.

Fuente: Wall Street Journal

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