viernes, 22 de febrero de 2013

Comprar y botar



Por José Grasso Vecchio (*)
Una de las teorías que más frecuentemente oímos entre quienes se ocupan de defender los derechos de los consumidores es la de la llamada “obsolescencia programada” que, supuestamente, caracteriza a muchos productos de uso masivo. Según este concepto, los fabricantes de todo tipo de bienes planifican cuánto durará su producto, de manera que tenga una vida útil previamente determinada, después de la cual se vuelve inservible y obliga al consumidor a adquirir uno nuevo.

El ejemplo más conocido de obsolescencia programada es el de los bombillos domésticos. Durante décadas se ha especulado que los fabricantes diseñan estos productos para que funcionen solamente durante cierto número de horas, aunque, si quisieran, podrían hacerlos para durar mucho más. Hay quienes sostienen que el bombillo “que nunca se quema”, no se ha fabricado porque arruinaría a toda una industria y no porque no pueda hacerse.

Existe infinidad de ejemplos más con los que podríamos llenar muchas páginas, pero lo cierto es que muchos de ellos pertenecen a la leyenda urbana. En la mayoría de los casos es prácticamente imposible demostrar a ciencia cierta que los productos son diseñados con un tiempo de vida útil predeterminado.

Sí es cierto que la obsolescencia programada, cuando forma parte de la estrategia de los fabricantes, se utiliza como un potenciador de la demanda, y sabemos que una demanda fuerte de bienes es uno de los mayores motores de la economía. Durante la depresión económica estadounidense de los años 30 del siglo pasado, se pensó en recurrir a la obsolescencia programada de muchísimos artículos para así dinamizar la economía. La realidad es que nunca se estableció tal práctica como política oficial.

Pero la pregunta que deberíamos hacernos es ¿qué papel jugamos nosotros mismos a la hora de decidir que un producto es obsoleto o no? Nos hemos acostumbrado a un patrón de consumo que nos impulsa a deshacernos de ciertos productos aunque sigan siendo perfectamente útiles, sólo para adquirir la última versión y estar así “en la última”.

¿Algún ejemplo de esto? Teléfonos celulares, computadoras, carros con poco o mediano kilometraje, electrodomésticos de todo tipo, incluso el mobiliario y la decoración del hogar. ¿No es cierto que muchas veces preferimos comprar un artículo nuevo antes que hacer una reparación sencilla del que ya tenemos?Y qué decir del vestuario de cada día. Un ejemplo cabal de obsolescencia programada son las nuevas modas, que aparecen puntualmente cada año o menos.

A todos nos gusta tener el último dispositivo tecnológico, y también vestir a la moda, pero estas son conductas de consumo que debemos mantener controladas. Lo ideal es encontrar un balance entre aquello que de verdad necesitamos renovar por completo, y aquello que podemos conservar por más tiempo, aunque “esté viejito”. Quienes tanto critican a los fabricantes de productos supuestamente diseñados para durar poco tiempo, tal vez se sorprenderían de ver cómo los propios consumidores nos encargamos de desechar productos perfectamente útiles.

(*) Analista financiero

Fuente: blog.banesco.com

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