jueves, 9 de enero de 2014

Análisis / La economía crece, ¿y yo qué?



COLOMBIA. Ahora que entraremos en una etapa distinta, es absolutamente imperativo que se empiece a construir ese modelo económico, político y de organización social que permita construir una sociedad más equilibrada, la única que puede garantizar una paz sostenible.

Al escuchar las voces que alardean del éxito económico del país, la pregunta que se deben estar haciendo los 15 millones de pobres y los 17 millones de vulnerables en Colombia, para no mencionar a los 5 millones de indigentes que ni siquiera se enteran de los buenos resultados porque viven en la calle, se alimentan de migajas y se enfrentan diariamente al reto de sobrevivir a su penuria, es: ¿y yo qué?, ¿si acaso, limosnas?

Aquí no se trata de dañarle la fiesta al señor Ministro de Hacienda, quién no cabe de la dicha con el 5,1 por ciento de crecimiento de la economía en el tercer trimestre del 2013, sino de plantear algunas preguntas de fondo acerca de la sociedad que tenemos y, especialmente, sobre la gran duda: ¿a dónde será que se van los beneficios de estos indicadores macroeconómicos positivos?

Un reciente artículo publicado en la revista The Economist –que no es precisamente ‘un pasquín de izquierda’–, da directamente en el punto clave. Bajo el título ‘¿Estamos realmente ayudando a los pobres?’, señala que, sin duda, los programas de bienestar del Gobierno estadounidense salvan a millones de la pobreza, pero… ¿no sería mejor que no tuviera que hacerlo? Gran pregunta para el caso de Colombia, donde se cree que la desigualdad en el país se resuelve dándole limosnas a los pobres. Y aquí surge otro gran interrogante: ¿qué tipo de organización productiva, social y política tenemos en el país, que no solo es capaz de generar tal pobreza –ojalá a un ritmo menor que antes–, sino que obliga al Estado a convertirse en una especie ambulancia que recoge a los individuos que el país va dejando regados en el camino?

Claro que hay permanentes críticas a la forma en que la economía ortodoxa ve el eje de la nueva política social; esa que en Colombia lleva más de 20 años en el poder y que se defiende con su buen manejo macro y sus migajas a los que el tren del progreso va sacando de la modernidad.

A pesar de que se demuestra que políticas como Familias en Acción, Jóvenes en Acción y Viejitos en Acción desestimulan el empleo y refuerzan la informalidad, se niega que, más grave aún, millones de mujeres y hombres optan por profesión, ser pobres.

Dos efectos perversos se suman a lo anterior: más embarazos adolescentes, por cada hijo hay un subsidio, y el costo de reforzar el papel tradicional de la mujer como si los hijos, su educación y su salud fueran su exclusiva responsabilidad. Gravísimo, porque hoy es evidente que lo que las mujeres necesitan para cerrar la injustificable brecha de género es ‘autonomía económica’, esa que solo se logrará cuando puedan compartir el cuidado de su familia y de su hogar para ganar ingresos propios.

Pero como lo plantea el artículo de Economist, el fondo del problema es otro: lo que se requiere es un sistema económico que asegure “beneficios que estimulen a la gente a ver el trabajo como la forma para salir de su penuria”. Un sistema que no vaya dejando gente regada en el camino cuya única alternativa es la política asistencialista.

Agrega además, que todas estas redes sociales solo son necesarias cuando mucha gente no puede valerse por sí misma. En otras palabras, el tema es el modelo de desarrollo, aquí y en Cafarnaúm.

En Colombia, las políticas públicas expulsan a muchos. Basta con ver resultados de la última reforma tributaria.

Lo primero que se anunció era que no se trataba de aumentar el recaudo, como si un país con impuestos sobre PIB del 13% o 14% pudiera cumplir con la responsabilidad de que 47 millones de personas, profundamente desiguales, en términos de ingresos, pudiesen tener acceso a los derechos sociales, económicos, políticos, culturales y ambientales prometidos por la Constitución del 91 y ante las Naciones Unidas.

Se le redujeron significativamente las cargas a las empresas, entre otras, quitándole los parafiscales destinados al Sena y al ICBF?, porque estaban frenando el empleo formal.

Se aseguró que esos recursos se recuperarían con creces con el nuevo impuesto que empezarían a pagar de sus utilidades dichas empresas.

Pero ya se afirma que le encontraron la trampa a estos nuevos impuestos, y a otros similares para ingresos altos, y los recursos esperados aparentemente no alcanzan para financiar las entidades mencionadas. Por consiguiente, es necesario que el presupuesto nacional, o sea todos nosotros, cubramos la diferencia.

¿No es esta una manera de lograr que cada día los ricos sean más ricos? Así se invertirán menos recursos públicos en estimular el trabajo decente para sectores pobres, de manera que su futuro será… limosnas.

Como se plantea con respecto a Estados Unidos, sería mucho mejor que esos billones que se gastan en asistencialismo se usen para brindar a los individuos oportunidades reales para que construyan su propio futuro.

Colombia, que ha centrado su política social en otorgar subsidios a los más pobres debe plantearse lo mismo. ¿Esos inmensos fondos públicos que van a aliviar pobreza no irían mejor a generarle a esa población las oportunidades reales para que puedan salir por sí mismos de su situación? Ahora que entraremos en una etapa distinta, es absolutamente imperativo que se empiece a construir ese modelo económico, político y de organización social que permita construir una sociedad más equilibrada, la única que puede garantizar una paz sostenible. ¿Será que podemos pasar del ¿y yo qué? al ¡yo también!?

Cecilia López Montaño

Exministra - Exsenadora

Fuente: portafolio.co

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