martes, 4 de febrero de 2014

La 'economía de compartir' de Airbnb irrita a los gobiernos y la hotelería



El Radius Cafe de San Francisco es uno de esos lugares donde lo "local" es la norma: todos los alimentos provienen de un radio de 160 kilómetros del restaurante. Así que es un poco irónico reunirme precisamente allí con Brian Chesky, el cofundador de 32 años de Airbnb, cuyas ambiciones son globales.

Airbnb es un servicio en la web que deja que viajeros alquilen desde un sofá, una cama, una habitación, una casa, un barco y hasta un castillo por noche. En seis años, Airbnb se ha convertido en una compañía valorada en US$2.500 millones, con 500.000 propiedades disponibles en más de 190 países; uno de los ejemplos más destacados de lo que a menudo se conoce como "la economía de compartir". Airbnb podría hacer con los hoteles lo que Amazon hizo con las librerías físicas. Para fines de año, Airbnb asegura que habrá reservado más estadías de una noche que las cadenas hoteleras Hilton e InterContinental.

No es de extrañar que los hoteleros y los reguladores del turismo se muestren escépticos ante el modelo de Airbnb. "Quiero desafiar el status quo, pero de una manera constructiva", dice Chesky. "Había leyes que fueron creadas para las empresas y había leyes que eran para las personas. Lo que ha hecho la economía de compartir es crear una tercera categoría: las personas como empresas… (Las autoridades) no saben si clasificar nuestra actividad como persona o como un negocio".

Chesky, hijo de dos trabajadores sociales, se crió cerca de Albany, en el estado de Nueva York. Su trayectoria, como revolucionar la industria de la hospitalidad y trabajar en la web, no podría distar más de lo que eran sus ambiciones juveniles. Entonces era un dibujante inquieto. Su interés por el arte lo llevó a la Escuela de Diseño de Rhode Island, donde se graduó en ilustración, aunque luego se pasó a diseño industrial

"El diseño industrial enseña lo que es la empatía", explica. "Básicamente, uno tiene que meterse en los zapatos de la persona para la que está diseñando y tienes que experimentar el sistema de principio a fin". Su madre sólo quería que tuviera un trabajo con seguro de salud.

En 2004, Chesky se trasladó a Los Ángeles para trabajar como diseñador industrial para una pequeña firma. Tres años después renunció, metió todas sus pertenencias en un Honda Civic y se fue a San Francisco para quedarse con un amigo de la universidad, Joe Gebbia, que también acababa de dejar su empleo como diseñador gráfico. "Me di cuenta de que no quería andar por el camino de otro", recuerda Chesky. "Quería crear mi propio camino". Pero su desafío más inmediato era cómo pagar su alquiler de US$1.150 cuando sólo tenía US$1.000 en el banco. Su compañero no estaba mucho mejor. "¿Cómo demonios íbamos a pagar la renta?", se preguntó.

Los diseñadores desempleados estaban al tanto de que en dos semanas se celebraría la conferencia de la Sociedad de Diseño Industrial de Estados Unidos de 2007 en San Francisco y que habría escasez de habitaciones de hotel. Gebbia tenía tres colchones inflables y sugirió que alquilaran espacio en el apartamento.

En cuestión de tres días, contaban con un sitio web rudimentario y tres reservas: una mujer de 35 años, un indio de 30 y un padre de cinco hijos de 45 años. Cada uno pagó varias noches a unos US$70 cada una. "Pensé que recibiríamos a un puñado de jóvenes de Los Ángeles, de 23 años", cuenta Chesky. El alquiler de ese mes quedó resuelto y Chesky y Gebbia se dieron cuenta de que podían haber dado con algo grande.

En 2008, incorporaron a un ingeniero, Nathan Blecharczyk, y pasaron el resto del año mejorando el sitio web. Steve Jobs había insistido en un máximo de tres clics para conseguir una canción en un iPod de Apple. Airbnb adoptó el mismo mantra: tres clics para una reserva.

Al principio, vivieron de sus tarjetas de crédito: usaban una hasta que dejaba de funcionar y pasaban a la siguiente. Durante un año, "nadie invirtió en Airbnb", relata Chesky. "Los inversionistas ángeles más conocidos nos rechazaron… Me preguntaban '¿cuántos hippies quedan en el mundo?' Un famoso inversionista se estaba tomando un batido de frutas y se levantó y se marchó a la mitad de la presentación".

La situación empezó a cambiar en 2009, cuando Airbnb fue aceptado por Y-Combinator, la aceleradora más conocida de startups en California, que les dio US$20.000 y tres meses para refinar el modelo de Airbnb.

Para averiguar lo que Airbnb necesitaba, los socios viajaban a Nueva York, que rápidamente se convirtió en el foco de su negocio, todos los fines de semana para hospedarse en habitaciones reservadas a través de la plataforma. Rápidamente descubrieron que necesitaban fotos de alta calidad de los apartamentos y que Airbnb tenía que inmiscuirse más a fondo en la coordinación de la entrega de llaves y la contratación de servicios de limpieza. En cuanto la experiencia de Airbnb mejoró, dice Chesky, visitantes de todo el mundo volvían a sus lugares de origen y pasaban a ser anfitriones. La expansión de la red fue veloz. En marzo de 2009, Sequoia Capital invirtió US$600.000.

Al principio, Airbnb cobraba 5% por cada transacción; ahora se queda con 12%: 3% del anfitrión y 9% del huésped. La compañía, que no cotiza en bolsa, no publica cifras financieras, pero si uno calcula que realiza unas 60.000 reservas por una noche –el promedio, según Chesky— a unos US$50 cada una, una cifra conservadora, entonces Airbnb estaría facturando más de US$100 millones al año. La empresa tiene 700 empleados.

Hospedarse en la casa de un desconocido –ya sea alquilando la vivienda entera o sólo una habitación— no es para todo el mundo. Y el modelo no está exento de problemas. Una vivienda en California, anunciada en meses recientes como "el paraíso al aire libre de cualquier anfitrión" se transformó en un casa de fiestas donde la policía tuvo que intervenir seis veces desde octubre, incluso llegando al extremo de emplear un helicóptero. En 2011, un huésped robó en un apartamento de San Francisco, llevándose bienes valiosos y el pasaporte del propietario. En 2012, alguien presuntamente utilizó un apartamento en Estocolmo como un burdel.

Pero por ahora el mayor obstáculo que afronta Airbnb es el que representan aquellos que quieren proteger el status quo: compañías hoteleras y gobiernos que recaudan lucrativos impuestos de ocupación que aseguran que Airbnb y sus anfitriones evitan pagar.

Airbnb argumenta que en lugar de robarles ingresos a la ciudad, sus usuarios contribuyen a su enriquecimiento al alentar a visitantes que en condiciones normales podrían no estar en condiciones de costear las tarifas de un hotel. Según Chesky, en Nueva York, que es su mercado más lucrativo, "62% de los anfitriones dependen de Airbnb para pagar su alquiler o crédito hipotecario".

La economía del compartir sigue siendo un concepto tan nuevo, afirma Chesky, que su compañía está haciendo lobby en países de todo el mundo para defenderla. Algunas veces Airbnb pierde: Berlín acaba de aprobar una ley que, a partir de este año, exige un permiso para los alquileres de corto plazo, o los anfitriones se arriesgan a recibir una abultada multa. La ley no acabará con Airbnb en Berlín, pero entorpecerá la naturaleza libre del negocio.

"No estamos en contra de la regulación, pero queremos que sea justa", reclama Chesky. "Estamos tratando de llevar una actividad que existía en la clandestinidad con Craigslist y sacarla de las sombras. Queremos trabajar con las ciudades para dinamizar el proceso para que los anfitriones paguen impuestos de ocupación", señala.

"Quiero vivir en un mundo donde la gente pueda convertirse en emprendedores o micro-emprendedores y si podemos reducir la fricción e inspirarlos para hacer eso, especialmente en una economía como la de ahora, esta es la promesa de la economía de compartir", afirma Chesky. A los reguladores les pide una cosa: "No acaben con algo maravilloso sin saber antes lo que es".

—Kessler, ex gestor de un fondo de cobertura, es el autor de

'Eat People' (Portfolio, 2011

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